Ermitaño de día y monje de noche: 24 Capítulos

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Ermitaño de día y monje de noche: 24 Capítulos

Mensaje  Marina Muñoz Cervera el Mar Nov 08, 2011 11:33 pm

Capítulo I: Comienza la historia: Un lugar a su medida


Esta es la historia de un joven que tras vivir en la gran ciudad, tomó la gran decisión de vivir en el campo.

Desde que nació, Julio mostraba una particularidad, su gran admiración por las flores; por ello sus padres decidieron ponerle ese nombre; en honor al florido mes de Julio. Era perfectamente adecuado para un bebé, que no solamente las contemplaba, además las tocaba y se acercaba la mano a la nariz. Este detalle era sorprendente para todos los que le conocían porque a la semana de nacer ya repetía ese gesto sin cesar.
Su madre le sacaba a un pequeño jardín que había en la casa diariamente y Julio sonreía de felicidad.

Con el paso de los años fue convirtiéndose en un niño que destacaba por su brillante inteligencia y sensibilidad, no tuvo problemas con los estudios y a la edad de 17 años comenzó la carrera de Física; se licenció con 22 años, resultando uno de los mejores alumnos de su promoción, se relacionaba de una manera amigable con todo el mundo, incluso con los profesores, y no tuvo problemas para encontrar un buen trabajo como Directivo en una empresa de Cosméticos; al pasar el tiempo a Julio no le convencía esa dedicación y decidió ser profesor ya que de esa manera podía ayudar a los que empezaban en su profesión. Tampoco le llenaba, se sentía más útil quizás, pero su vida diaria era monótona y poco excitante para él. Salía con amigos y amigas, era aficionado al cine, también alguna noche se iba de juerga acostándose a altas horas de la madrugada. Le gustaban las mujeres y tuvo algún que otro romance pero no le fue bien, el no se sentía del todo feliz con su vida y eso le impedía entregarse y pensar en el matrimonio. La lectura y la informática eran sus pasiones y a ello dedicaba eternas horas a lo largo del día y de la noche.

Un buen día, en uno de sus paseos por el campo, en los cuales meditaba con gran profundidad, pensó que la gran ciudad a él no le gustaba, no se sentía cómodo y ya era hora de irse a vivir a un lugar hecho a su medida.

Desde ese momento, su mente revolucionada y entusiasmada con la idea, no paró de planear y encontró un precioso lugar alejado de la urbe y que únicamente era visitado por los animales que por allí vivían; de inmediato pensó en construirse una pequeña casa.
Con el dinero que tenía ahorrado pudo comprar un terreno, en la ladera de una montaña, lleno de árboles y en plena naturaleza. No tardó más de un mes en construir la casa con sus propias manos y en completarla con la electricidad, necesaria para su mejor amigo, hasta el momento, que era su ordenador, y también para tener luz por la noche; también obtuvo la provisión de agua y consiguió que una vez al mes, de un pueblo cercano que estaba a 10 Km., le enviasen los alimentos necesarios para su subsistencia, aunque con el tiempo había pensado en cultivar algunas hortalizas y quizás sembrar algo de trigo para cocinar su propio pan.

Cuando ya estaba todo preparado Julio se traslado al lugar con todos sus aparatos a cuestas, alquiló una furgoneta y con comodidad pudo llevar el equipaje hasta su nueva casa. Estaba muy contento y entusiasmado con su primer despertar rodeado de árboles.

Y por fin ese día había llegado, la noche anterior estuvo instalando su ordenador con todo lo necesario para poder navegar por Internet y dejó la ropa en la maleta para ir sacándola poco a poco; como se había llevado algunas provisiones esa misma noche se preparó una sopa de pollo con fideos que cocinó en una pequeña cocina que había en la casa, tomó de segundo plato pechugas de pollo rebozadas acompañadas de patatas fritas y, sin postre, decidió acostarse temprano; sobre la 8 de la tarde era casi de noche y prefirió ese día dormir al ritmo de la luz de la naturaleza y como estaba cansado, se durmió enseguida.

Cuando amaneció, le despertó la luz del día y de un salto salió de la cama y se precipitó hacia el exterior de la casa para poder saborear todos los matices del amanecer.
Se sentó un buen rato en la puerta mirando las estrellas que todavía habían en el cielo y admirando el hermoso sol que estaba a punto de salir; el frescor de los árboles y su olor le llenaban la mente de fantasías y de ideas para escribir; lleno de proyectos entró en la casa y se preparó un buen desayuno, un vaso de leche con pan y mermelada; se duchó y vistió con ropa adecuada para pasar el día. Y aquí comienza la historia del Ermitaño de día, Monje de noche.


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Última edición por Marina Muñoz Cervera el Mar Nov 08, 2011 11:44 pm, editado 3 veces

Marina Muñoz Cervera


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Capítulo II: El encuentro con un potro y una ardilla

Mensaje  Marina Muñoz Cervera el Mar Nov 08, 2011 11:38 pm

Cuando Julio consideró que estaba completamente listo para su primera jornada en el paraíso particular, salió al exterior; y cual no fue su sorpresa que casi tropieza al encontrarse cara a cara con un caballo, un precioso potro de color negro que amistosamente agachaba la cabeza como dándole la bienvenida. Al comprobar que el animal no era agresivo, le acarició las crines y cogió un poco de pasto verde dándoselo a comer; el caballo abrió la boca y comenzó a masticar el delicioso manjar, al mismo tiempo que permitía que Julio le siguiera acariciando con su mano.

Muy contento con su nuevo amigo, Julio decidió dar un paseo a través de los árboles; cuando comenzó a caminar fue consciente de que el potro le seguía y aunque por dentro saltaba de satisfacción, se hizo el despistado porque no sabía si el animal tenía un dueño y simplemente se había escapado porque parecía de buena sangre y era raro que caballos así, anduviesen sueltos por el campo.
Deslumbrado ante la belleza de las altas copas de los frondosos árboles a través de la cuales los rayos de sol llegaban hasta la senda por donde el caminaba, casi olvidó al potrillo que aun le seguía; cuando se dio cuenta, caminó marcha atrás, le agarró cariñosamente la cabeza y continuaron juntos el camino.

Julio admiraba el verdor de las hojas y se acercó a oler algunas flores que en la hierba habían crecido asilvestradas; el potrillo repetía sus movimientos y parecía que le encantaba el aroma de las florecillas, sin hacer ningún ademán de comérselas; -extraño- pensó para sí, normalmente un animal doméstico se las hubiera comido. Cada vez miraba a los ojos del caballo con más dulzura, se estaban haciendo amigos poco a poco; tanto es así que Julio pensó que el potro movía la cabeza al son de sus propios pensamientos. Esto ya fue completamente evidente cuando pensando en la posibilidad de regresar a su casa para preparar una rica comida y observó que el potro se relamía, sin haber comido nada. Pensado y hecho, se dispuso a volver sobre sus pasos para preparar una sopa que en este caso sería de un pescado que había traído entre sus provisiones; el potro continuaba relamiéndose sin cesar.

Cuando ya esta llegando a la casa Julio observó que una avispada ardilla asomaba la cabeza por detrás de unos matorrales, le provocó una gran ternura ver al pequeño animalito y el potro sonrió. No se lo podía creer ¡sabe perfectamente lo que pienso! ¡esto es inaudito!
La ardilla al comprobar que no eran extraños ni salvajes, saltó al sendero manteniendo erguida su larga y preciosa cola; los dos la recibieron con una amplia sonrisa y Julio se agachó para intentar acariciar su hermoso pelaje y para su sorpresa la ardilla encantada le dejó, al mismo tiempo el potrillo con su hocico le tocaba con suavidad el largo pelo de la cola. Como si se hubiesen conocido desde siempre el potro, la ardilla y Julio se encaminaron hacia la casa; al abrir la puerta no se asombró cuando los dos animales entraron detrás de él, es más, le pareció lo más normal del mundo dada su anterior experiencia. Tranquilamente se dispuso a preparar el pescado y la verduras para cocinar, iba dejando los residuos en un cubo de basura que tenía al lado del fogón sobre el que preparaba tan nutritiva comida; el potro se entusiasmó con la piel de la zanahoria y la ardilla olisqueó la piel de la cebolla y dando un brinco algo asustada se fue a la cama de Julio, donde se agachó temerosa, Julio le explicó que la cebolla era irritativa y que no era el alimento adecuado para una ardillita; entonces recordó que había traído algunos frutos secos y de entre ellos sacó unas cuantas nueces y se las acercó a la ardilla, que feliz y contenta, todavía en su cama, las cogió con sus dos patas delanteras y se las acercó a los dientes, empezando a roer poco a poco el sabroso fruto seco.

Muy concentrado en la elaboración de los ingredientes, que iba añadiendo lentamente a una cacerola en la que había puesto abundante agua, Julio observó detenidamente a su alrededor sintiendo la satisfacción de tener ¡por fin! su paraíso particular.
Una vez preparada la sopa y todavía humeante la sirvió en un plato de madera, que formaba parte de toda una vajilla del mismo material que había comprado para su nueva vida.
El potro aunque seguía comiendo los restos de zanahoria, olía la sopa con deleite y se degustaba con el aroma del pescado y las verduras; Julio que ya estaba acostumbrándose, pensó ¿le gustará la sopa? ¿me está imitando? ¿lee mis pensamientos y además siente mis sensaciones?
Para comprobarlo sacó una pieza de patata cocida y otra de zanahoria, las puso a enfriar en otro plato que colocó delante del potro; no se sorprendió cuando el animal empezó a lamer con su larga lengua las dos hortalizas y cuando dejaron de humear, las paladeó con deleite.

La ardilla entretanto ya se había acercado a la mesa y seguía comiendo sus nueces de pie en una silla con las patitas sobre la mesa; eran por tanto tres comensales y Julio había llegado sólo; por un momento le preocupó la cantidad de alimentos porque él ni se había imaginado que podía tener amigos tan pronto, pero después pensó que aumentar un poco su encargo de comida al mes no le suponía problema y por otra parte ya tenía previsto plantar un pequeño huerto de hortalizas.
Cuando dio buena cuenta de la sopa, que le supo deliciosa, se acercó al fogón a preparar rápidamente su segundo plato, en esta ocasión se trataba de una simples patatas fritas con dos huevos a la sartén; el potro miraba las patatas con cara de pena, Julio no pudo contenerse y le puso un puñado en el plato del animal que se las tragó con toda normalidad, dando buena cuenta después de las mondas de las patatas que habían quedado en el cubo de la basura.
Medio riendo, Julio pensaba que iba a tener poca basura si el potro seguía en su casa y, tras haber disfrutado de su alimentación, recogió los platos y los lavó en un fregadero que tenía al lado del fogón.

El potro y la ardilla también se sentían saciados, Julio se echó un rato en su cama, la ardilla a sus pies y el caballo se recostó en el suelo a su lado; meditando, se dio cuenta que en una mañana se había convertido en un auténtico Ermitaño, lo cual le produjo una honda satisfacción y se sintió feliz consigo mismo y por otra parte enternecido y encantado con los dos animales que, para él, formaban parte de su hogar.


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Marina Muñoz Cervera


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Capítulo III: El descubrimiento del ermitaño y el monje

Mensaje  Marina Muñoz Cervera el Miér Nov 09, 2011 10:24 pm

Julio se despertó a las 5 de la tarde cuando notó que algo
lamía su pie, vio la enorme lengua del potrillo sobre su pie derecho
y emocionado buscó a la ardilla que estaba sentada
tranquilamente al lado de la puerta.

Se levantó y decidió tomar algo de merienda antes de
volver a salir al exterior, el sol ya declinaba y se estaba acercando
el atardecer. Cogió un poco de pan y le añadió miel mientras
picoteaba algunas nueces que todavía quedaban encima de la
mesa; entró en su cuarto de baño, única sala independiente de la
casa porque la había diseñado para que fuese amplia y cómodo
para él, con ducha y bañera que aunque en estilo rústico, le
permitía darse los largos baños relajantes que a Julio le
encantaban; se aseó y miró en el espejo como observando su
recién estrenado papel de ermitaño en la vida, asombrado de sí
mismo, se sintió de nuevo plenamente feliz; era un hombre
atractivo ( o eso le decían su madre y las demás mujeres) pero
ese hecho nunca le había importado.

Ya listo, salió del cuarto y vio que los animales estaban en la
puerta esperándole para salir; la abrió y respiró profundamente el
aire puro que la naturaleza le brindaba, olía a hierba fresca y
destacaba el aroma de las hojas verdes de los árboles, era un olor
profundo a clorofila natural, porque aunque la de la pasta de
dientes le gustaba, no tenía nada que ver, pensó para sí,
sonriendo en ese momento.

Se dispuso a elegir la dirección a tomar para dar un paseo
por la tarde; en esta ocasión pensó en adentrarse entre unos
árboles en los que no se veía ningún camino, sin embargo cuando
miró al potro, éste movió la cabeza de lado a lado como
diciéndole-por ahí no- Julio ante la estupefacción que le produjo el
gesto del animal y meditando sobre ello, llegó a la conclusión de
que no necesitaba la brújula que con tanto esmero había elegido y
que era uno de sus instrumentos favoritos, sonrió cuando se dio
cuenta de que no la había cogido. Decidió entonces rodear la casa
e inspeccionar qué había por detrás; era una zona a la que no
había prestado ninguna atención, el potro asintió y la ardilla
saltando de rama en rama ya había iniciado el camino.

Observó que en esa parte los árboles eran menos
frondosos y la montaña se veía muy alta ante sus ojos, parecía
difícil así en principio, por lo que pensó que como no le quedaban
más de un par de horas antes de que anocheciese, daría una
vuelta simplemente por los alrededores. La ardilla husmeaba entre
unos matorrales y el caballo complacido la seguía; allá se fue el
Ermitaño a ver que ocurría; encontró un pequeño río que le había
pasado desapercibido porque su cauce discurría entre plantas y
pequeños árboles. Contento por el descubrimiento, recordó que
vio en una película de cine, un ermitaño que se enjuagaba los
pies; sin ninguna pereza se quitó los zapatos y los calcetines y se
dispuso a seguir al potro que ya había sumergido sus patas en el
pequeño cauce con un palmo de agua más o menos. La ardilla
entretanto les miraba desde un matorral en el que había
encontrado una fruta, para Julio desconocida, y que roía
placidamente sujetándola con sus dos patitas delanteras. El
Ermitaño y el potrillo anduvieron un largo trecho río arriba oliendo
las flores que habían crecido en las riberas del cauce; de cuando
en cuando se miraban con satisfacción y vieron que el cielo
empezaba a oscurecerse, estaba empezando a anochecer.

En ese momento Julio se planteó que ya era hora de
regresar, habrían caminado por las aguas aproximadamente una
hora, debían ser las seis de la tarde pasadas y quería llegar a su
casa antes de la noche; estaba entusiasmado pensando en lo que
le esperaba, era el primer día de su nueva vida y todavía le
quedaba el grandioso mundo de Internet.

Como si siguieran los pulsos de sus sensaciones, la ardilla
comenzó a volar hacia la casa y el potro salió del río y se dispuso
a regresar, en esta ocasión fue Julio el que les siguió a los dos
después de secarse los pies con sus pantalones, se calzó y
caminó feliz hacia la casa.

Una vez llegaron los tres a la entrada, se quedaron
mirando al unísono hacia una planta grande que había en la
entrada, que como todas había crecido de forma salvaje,
observaron que las hojas se movían y la cabecita de un pequeño
gato asomaba entre las hojas; el Ermitaño empezó a reír a
carcajadas y vio como la ardilla y el potro sonrieron; se acercó
cuidadosamente hacia el gato que seguramente atraído por el olor
de la sopa de pescado se había acercado a la casa. Algo asustado
el felino se echó hacia atrás, pero al comprobar que el Ermitaño no
era agresivo, le permitió que se acercase y le acariciase su
pequeña cabeza, hasta se tumbó sobre la mullida hierba
disfrutando del arrullo que Julio le estaba proporcionando; no
parecía un gato salvaje, desconocía la raza, posiblemente era una
mezcla de varias pero el color blanco predominaba sobre unas
oscuras manchas negras que tenía hasta en la nariz, lo que le
convertía en una animalito adorable; el potro atento a la situación
se acercó y con su cabeza empujó al gatito jugando con él pero el
gatito le arañó con una de sus afiladas uñas en el hocico, y el
potrillo se echó hacia atrás; la ardilla se había sentado en la puerta
de la casa y les esperaba con paciencia.

El Ermitaño pensó que ya era hora de cenar y seguido por
los tres animales, el gato tímidamente iba rezagado respecto de
los otros dos, entró en la casa, les miró a los tres y pensó - ahora
que ya somos cuatro voy a preparar una rica cena antes de
sentarme delante del ordenador. Miró entre las provisiones y
encontró unas latas de atún, tomate frito y arroz; pensó que un
arroz blanco con tomate podía ser una buena cena acompañado
de una lata de atún y algo de pan. De pronto se acordó del caballo
y no sabía si le iba a gustar pero al ver su cara de alegría dedujo
que sus pensamientos habían sido leídos y que el arroz, al menos
le resultaba sugerente al animal.

Puso en la olla agua para hervir y le añadió arroz y algo de sal, le
gustaba la comida sabrosa; mientras se cocía, sacó algunas
nueces para la ardilla y se percató que el gatito estaba
relamiéndose con los restos del pescado que había dejado en la
basura porque aunque estaba tapada, había desplazado la
tapadera hábilmente con una de sus patas.

La ardilla se había sentado en la mesa y estaba comiendo
grácilmente; Julio dejó un plato delante del potro y otro en el suelo
para el gato, pues pensaba que el atún podía gustarle. Una vez
cocido el arroz lo sirvió en ambos platos y en el suyo añadió un
poco de tomate frito de lata que había traído, además de atún
dejando un poco en el plato del gato; el potro cuando olió la
comida se relamió y se dispuso a probarla con cautela, parecía
que nunca había comido arroz cocido, lo que le decía a Julio que
era cada vez más extraño que el animal fuese doméstico; ello le
tranquilizó al sentirse más libre con el animal y dejó de pensar en
que había una familia buscándole. En breves minutos el plato de
arroz desapareció, por lo que Julio le sirvió una buena cantidad
más; el felino degustaba el atún con placidez y sentó a comer con
los tres invitados a su mesa, que más que invitados los sentía
como amigos o como compañeros en su nueva vida por no decir
que estaba sintiendo que eran su familia. Una vez hubieron
terminado de comer, el Ermitaño recogió los platos y los lavó
dejándolos escurrir simplemente.

Frotándose las manos se sentó en el sillón de su
ordenador, era un PC de sobremesa al que le había instalado un
buen equipo de música, un grabador de CD-ROM, una impresora
y un escáner; sus estudios de física le hacían ser conocedor de
informática y la dominaba a la perfección. Encendió el ordenador y
observó cuidosamente que todo estaba perfectamente instalado,
tenía navegación de red y no había actualizaciones disponibles en
ese momento; se preparó para pasar uno de sus ratos favoritos.
Ya había anochecido y los tres animales le miraban muy
intrigados, lo que despertó en el Ermitaño una gran sonrisa de
satisfacción porque se sintió conocedor de la máquina y quería
saber cómo iban a reaccionar ellos cuando empezase a navegar y
chatear con su PC.

Pronto pudo comprobarlo, se dirigió a una las salas de Chat que
con más gusto frecuentaba, se llamaba, Amigos de la naturaleza,
allí conocía a varias personas que eran afines a él y solían
conectar todos aproximadamente a la misma hora, sobre las 8 de
la noche; sin embargo en aquella ocasión Julio se encontró solo,
no había llegado nadie a la sala y aprovechó para revisar sus
mensajes de correo. Los animales muy atentos a cualquier
movimiento que el Ermitaño hacía, le miraban con estupefacción y
Julio les dijo ¡ahora os toca a vosotros aprender, amiguitos!
Clasificó todo el correo recibido y vio que había entrado en
la Sala de Chat, Ernesto, muy amigo de él; era un hombre algo
mayor con un gran espíritu y muy amante de la naturaleza.

- ¡Hola Ernesto! le escribió.
- ¡Julio! ¿Cómo estás? ¿Dónde estás?
- Estoy en mi nueva casa en el campo, hoy es mi primer
día y sólo te puedo decir que estoy entusiasmado.

Ernesto le dijo:
- Cuéntame, ardo en deseos de saber cómo te va en tu
nueva aventura.
- Estoy feliz, Ernesto, me siento como un completo
Ermitaño y creo que éste es el sentido de mi vida, tengo tres
nuevos amigos aquí a mi lado que no paran de observarme: una
ardilla, un potro y un gato pequeño.

Ernesto muy contento con las nuevas noticias, le dijo a su amigo:

- Han abierto una Sala de Chat contigua a ésta que se
llama El Chat de las Monjas.
- ¡No me digas! Comento Julio.

En ese preciso momento entro en la sala de Amigos de la
naturaleza una invitada, desconocida para los amigos que se
llamaba Flora, al entrar escribió:

-Buenas noches, no me conocéis, soy de una nueva sala
recién abierta y estoy algo despistada con esto de los chats, en mi
grupo hay gente que no puede entrar y no saben si el problema
está en su ordenador o bien es por causa de la Sala.

Ernesto rápidamente le respondió:
- Podéis contar con nuestra ayuda, lo más probable es que
todavía no hayáis descargado el Active X necesario para entrar en
estos Chat.
Les puedes decir a tus amigos que intenten entrar en esta Sala y
automáticamente se descarga en su equipo.
Flora, entusiasmada ante el grato recibimiento, le dio las
gracias y les comentó que así se lo haría saber a sus amigas
Monjas.

Julio se quedó meditabundo y de pronto encontró en sí
mismo un nuevo papel en la vida; y como una visión, se sintió
Ermitaño de día y Monje de noche. Esta doble faceta le resultaba
interesante, miró a los animales y se encontró al gatito durmiendo
sobre su cama, la ardilla enroscada en una silla le observaba y el
caballo asentía suavemente con la cabeza mostrando un gesto de sorpresa


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Marina Muñoz Cervera


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Re: Ermitaño de día y monje de noche: 24 Capítulos

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