La ciudad flotante

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

La ciudad flotante

Mensaje  Marina Muñoz Cervera el Miér Nov 09, 2011 4:51 pm

Existía una extraña ciudad a una distancia de treinta kilómetros, aproximados, por encima del Polo Ártico; los estudios que se habían hecho del lugar no explicaban cómo podía mantenerse en la atmósfera, sin que la atrajesen las fuerzas de gravedad de la Tierra. Se pensaba que en algún momento de la formación del planeta, un trozo de corteza terráquea se había desprendido y permanecía en el espacio; sin embargo no obtuvieron explicaciones concluyentes sobre su origen.

La llamaban Ciudad Flotante, y así era conocida desde tiempo inmemorial. Estaba poblada por diez mil habitantes y tenía una superficie de cien kilómetros cuadrados. El núcleo principal estaba en el centro, rodeando al Ayuntamiento y allí se concentraban las edificaciones antiguas. Más allá de la urbe no se podía ver con nitidez; estaba rodeada de precipicios y desde sus lindes sólo se divisaba una bruma de color blanquecino. Eran lugares prohibidos por su peligrosidad, una valla metálica cercaba la Ciudad y había vigilancia policial para evitar que la gente se aproximase y si eso ocurría, eran detenidos de inmediato, acusados de alterar el orden público.

Las viviendas tenían una forma arquitectónica similar, de hecho estaban diseñadas por un famosísimo arquitecto que aún vivía y era el dueño de varias casas. Se llamaba Estreor, y utilizaba acero y cemento como materiales de construcción; sus creaciones originales eran grandes, de una sola planta y techo alto; no había ventanas al exterior excepto una muy grande en el salón. Después de casarse con una bella mujer, llamada Sabria, habían tenido seis hijos que estaban casados con prolífica descendencia.

Casi todos vivían en el centro, excepto uno, llamado Cebrián, que había elegido las afueras. Su padre, en más de una ocasión, le había recriminado tanto aislamiento, pero el respondía que estaba muy acostumbrado a la soledad afectiva de su niñez. Procuraba que sus hijos tuviesen todo el cariño necesario.

Los hijos de Estreor eran casi todos arquitectos con diferentes especialidades. Habían estudiado en la Gran Universidad y estaban muy bien considerados; se podría decir que no tenían problemas económicos. Sus cónyuges también trabajaban y el cuidado de los niños era responsabilidad del personal de servicio del hogar. No llegaban a su casa hasta pasadas las once de la noche y sus hijos más pequeños solían estar dormidos, afortunadamente para ellos, porque así no tenían que atenderles, entre otras cosas, estaban agotados después de trabajar durante todo el día. Solían reunirse con Estreor los fines de semana; el abuelo prestaba mucha atención a los niños. Compraba todos los juegos que ellos querían y pasaba el mayor tiempo posible con sus nietos, mientras que sus hijos hablaban sobre cómo aumentar sus patrimonios.

Cebrián trabajaba por la mañana. Era profesor en la Facultad de Gimnasia Rítmica y había organizado sus clases para tener libres las tardes y los fines de semana. Su mujer, Trans, daba clases particulares de matemáticas. Sus hijos iban a comer a casa y para ambos, era muy grato poder atenderles; les habían enseñado a desarrollar la creatividad en sus juegos y en muchas ocasiones, ellos mismos inventaban su entretenimiento.

Una de las hijas de Estreor, se llamaba Cisna; estaba casada con Kund y tenían ocho hijos. Era abogada y muy buena en su profesión; trabajaba diariamente en los Juzgados de la Ciudad y estaba completamente inmersa en su vocación. Kund era arquitecto como su suegro, y de él había aprendido muchas de las artes, lo que le convertía en un auténtico ganador de flots (Flot era el nombre de la moneda utilizada como dinero en la Ciudad). Toda la familia se despertaba a las seis de la mañana y cuando se preparaban, cada uno se dirigía a sus obligaciones. Su hijo pequeño, que tenía cuatro años, se llamaba Frut. Era el más lento en comenzar a vestirse y casi todos los días se llevaba la regañina correspondiente de los asistentes de la casa, y en más de una ocasión, una severa paliza de su impaciente madre que no llegaba a tiempo al trabajo.

El niño iba hacia el colegio llorando la mayor parte de los días; y allí, para mayor desgracia, también era sacudido por los profesores que, sin contemplaciones, pretendían que se esforzase en el estudio. Era el que más sufría, sus hermanos resabiados, conocían los trucos y recibían menos castigos. Sin embargo, Frut, tenía una vida desconsolada. En una ocasión, le contó a su abuelo lo que le hacían en su casa y en el colegio; Estreor le dijo que cuando fuese mayor y aprendiese como sus hermanos, le pegarían menos palizas. Pero nunca ocurría nada nuevo, todos los días regresaba a su casa y sobre él caían los golpes o bofetadas. Unas veces, por ser distraído, otras, por descuidar su ropa y sus libros y, en otras, por llorón. Incluso sus propios hermanos se reían de él y le empujaban, tratándole sin ninguna consideración; lo cual era muy bien visto por sus padres porque se ahorraban una paliza.

Frut soñaba con ser mayor para que cambiase su vida. No podía confiar en nadie y cuando intentaba acercarse, cariñoso a su madre, ésta le imprecaba que la dejase tranquila porque no tenía tiempo para banalidades cariñosas. El niño estaba comenzando a enfermar y los catarros estaban siendo constantes. Nadie le había llevado al médico, todavía. Tosía y moqueaba, siendo además reprendido por ello; le decían que era un sucio y que contagiaba su enfermedad a los demás chicos.

El tiempo transcurría y Frut estaba cada vez peor. En el colegio se desmayó dos veces y los profesores llamaron a sus padres para avisarles de la situación del pequeño; tendrían que llevarle a un médico, o bien le obligarían a dejar los estudios. Ante la amenaza, Cisna sacrificó una mañana de su arduo trabajo y algunos flots y le llevó a un médico que vivía muy cerca de su casa. Cuando el doctor reconoció al niño, dirigiéndose a la madre, aseguró:

- Uno de los graves problemas que tiene, además de los catarros, es una profunda depresión. El pequeño es infeliz y he visto señales de golpes en la espalda y en los brazos. Está siendo maltratado, y como especialista, necesito que me explique lo que pasa o bien tendré que denunciar su caso a la Justicia.

La madre refirió con indignación:

- Soy abogada y seguramente las magulladuras se las hace en el colegio porque es un niño muy revoltoso y agresivo en sus juegos.

El médico contestó con cara de incredulidad:

- La vida de este niño debe cambiar. Lo siento Señora, pero no creo la historia que usted me cuenta. Las señales que tiene este chico son muy profundas y estoy seguro que son secuelas de lesiones de impactos diarios sobre su piel, músculos y huesos.

El niño, que estaba escuchando, rompió a llorar y en ese momento, su madre, siguiendo un impulso, le cogió del brazo y le zarandeó el cuerpo entero. El médico, cuyo nombre era Zart, le dijo, poniéndose en pie:

- Desde este momento, Frut, deja de estar bajo su tutela. Voy a llamar inmediatamente al Juzgado para que estudien su caso y mientras tanto, me hago responsable del pequeño.

Cisna respondió con altanería:

- Usted puede hacer lo que quiera con él, por mí como si le adopta, pero por la terrible acusación de la estoy siendo objeto, nos veremos las caras en el Juzgado.

Y dándose la vuelta, salió de la consulta, dejando al crío allí, sin parar de llorar. El médico cogió a Frut y lo llevó a su casa. El tenía tres hijos, uno con tres años y medio, y dos gemelos con seis. Su mujer, Sabria, estaba en casa y cuando Zart le contó toda la historia, se echó a llorar y cogiendo al chiquito entre sus brazos, comentó con una suave voz:

- No te preocupes porque yo puedo atender al pequeño.

Comenzó a sentirse mejor, allí habían muchos juguetes nuevos con los que entretenerse y no le pegaba nadie; podía estar tranquilo. Zart llegó a su casa al atardecer y encontró a Frut jugando y a su mujer mirándole, sentada en una silla. Preguntó con seriedad:

- ¿El niño ha mostrado comportamientos agresivos?

Ella respondió sonriente:

- En absoluto. Está muy entretenido, ha desayunado bien, estornuda y moquea un poco y yo le limpio la nariz.

El médico estaba convencido que el niño era muy bueno; besó a su mujer en agradecimiento y se acercó al chaval. Éste levantó sus bracitos y como si le conociese de toda la vida, se agarró a su cuello. Zart le llevó al comedor, comió con mucho apetito la cena que había preparado Sabria, y después le llevaron a la cama. El niño se durmió de inmediato y su carita, que tenía un gesto adusto, se fue transformando en dulce y tierna.

Al día siguiente, Cisna se presentó ante un Juez, que ella misma conocía, y éste, le refirió con una intensa preocupación:

- En la Ciudad flotante existen muchos casos de lesiones a niños, causadas por sus padres y cuidadores. Sin embargo, la mayor parte, pasan desapercibidas y cuando un médico denuncia un caso, es considerado con la severidad necesaria. Puede dar por perdido a su hijo (- Cisna, pensó para si misma ¡por fin! pero pronto se quedó pálida – ), le esperan más de diez años de cárcel a usted y a todos los adultos implicados en las lesiones de Frut. En el caso de los profesores, tendremos en cuenta que ellos les avisaron, y es posible, que ese hecho disminuya sus penas.

Cisna, que veía su vida destrozada, se puso a llorar delante del Magistrado; sin embargo, la severidad de su mirada le dijo, sin palabras, que no existía la posibilidad de lamentarse para causar compasión.

El juez prosiguió:

- Usted sabe muy bien que no tiene una mínima consideración con su hijo, y no sólo eso, existen lesiones más que probadas y continuas en el tiempo; el médico ha presentado una denuncia, en la que además, contempla la adopción de Frut en su propia familia para que pueda curarse de los daños psíquicos y lesiones físicas.

Estreor entró, de pronto, en el Juzgado, apelando por la bondad de su hija, pero no le sirvieron sus ruegos porque tanto ella como el marido, estaban ya condenados. En la ciudad, en casos extremos, la pena era de muerte, debido a que el daño producido era la ausencia de vida porque las consecuencias eran afectaciones psicológicas muy graves y difíciles de curar que acompañaban, con síntomas destructivos hacia si mismos, a las personas de por vida. El anciano, cabizbajo, solamente pensaba que tenía otros hijos que seguían la misma conducta con su descendencia; también tenía conocimiento de otras familias; pero se dio cuenta de que estaba encubriendo serios delitos y que más le valía tener la boca cerrada porque su mujer y él mismo, estaban en peligro.

Cisna ingresó en una prisión provisional, hasta la celebración de su juicio; llamaron a su marido y a los sirvientes de la casa. Uno a uno, fueron declarando y el juez les destinó al mismo lugar que a la madre. También llamaron al Tutor principal del colegio y le pidieron los nombres de los maestros que habían propinado palizas al crío; éstos fueron enviados a una cárcel, en espera de juicio.

Estreor convocó, de forma extraordinaria, a toda su familia para verles esa misma tarde. No llamó a Cebrián porque conocía su opinión e iba a ser un estorbo más que otra cosa. Sus cinco hijos, tres varones y dos mujeres, le dijeron que procurarían no pegar a sus niños; el mayor problema era que ya les odiaban y no sabían qué hacer con ellos. Hasta el momento, les habían servido como instrumentos de poder, pero ya no les veían utilidad. Todos salieron de la casa meditabundos por su desgracia, pero no dejaron de pensar, en ningún momento, en su deporte favorito para ganar más y más flots.

Las circunstancias que vivían Estreor y su familia, pronto fueron del dominio público; era muy conocido entre los habitantes de la Ciudad y nadie imaginaba cuál era la verdad de su existencia.

Como consecuencia del gran juicio, se recibieron en la comisaría más denuncias sobre malos tratos infantiles; llegó un momento, en el que las cárceles estaban abarrotadas y tuvieron que crear un centro especializado donde recibían asistencia psiquiátrica, formación sobre la vida, modos de deshogarse, etc.; con el objetivo de reintegrarlos en la sociedad, una vez que hubiesen sanado por completo, de la enfermedad que les provocaba su agresividad.

En la Ciudad Flotante se llegó a un buen equilibrio porque las familias que se quedaban sin descendencia, por las recientes y severas restricciones natales, pudieron suplir su carencia mediante la adopción. Más de doscientos niños fueron acogidos en hogares como consecuencia de vejaciones y depravaciones, y se transformaron, con el tiempo y ayuda psiquiátrica, en niños felices.

Cebrián no volvió a ver a sus hermanos y a su padre. Su vida había empezado de nuevo y realmente le fue mucho mejor. Aunque no se sentía dichoso por ello, cuando veía a Frut y al resto de sus sobrinos sonreír de felicidad, comprendía que había sido el único camino. El adoptó a Sen, la hija mayor de su hermano más perverso, Berd; había recibido graves palizas y era la más llorona y odiada por sus padres. La niña mejoró mucho con los cuidados de sus tíos. Y cuando pudo volver al colegio, se alegró al encontrarse con su primo Frut. De esa manera, el contacto entre los pequeños, fue estrecho y muy sano, a la vez.

Con el tiempo, se apaciguó el revuelo que se había creado en la Ciudad; mantenían la máxima alerta con ese tipo de delitos y fueron disminuyendo las denuncias. Crearon un grupo de Trabajadores Sociales que visitaban todos los hogares, una vez al mes, para comprobar el estado de salud de los niños. Los colegios estaban sobre aviso y los profesores no volvieron maltratar a sus alumnos; no obstante, recibían visitas periódicas, en las que se comprobaba si los escolares estaban bien.

Muchos de los pequeños recibieron asistencia psiquiátrica y psicológica para poder superar los traumas que les habían causado y en casi todos los casos, las terapias, con la ayuda del ambiente familiar, fueron satisfactorias.

Frut y Sen no fueron una excepción, les asistía el mismo psiquiatra porque Cebrián pidió consejo a Zart, y éste le recomendó uno que conocía personalmente; era famoso por los éxitos obtenidos en su trabajo. Ambos niños iban satisfechos a su consulta, para ellos fue casi un juego que les llevó a ser completamente felices en sus vidas.

Después de un tiempo en la cárcel, algunos presos recuperaron su libertad en la Ciudad, pero muchos de ellos no se consideraban enfermos mentales, y las terapias, a veces eran despreciadas por los pacientes ya que las consideraban una continua pérdida de tiempo.

En los casos, en los que el tratamiento psiquiátrico fue efectivo y los encarcelados volvieron a la sociedad, la mayor parte no pudieron recuperar a los hijos que habían maltratado; sin embargo, y de forma muy excepcional, sus padres adoptivos se ponían en contacto con ellos y eso les bastó para poder encaminar sus vidas.

Algunos fueron padres nuevamente y el comportamiento con sus pequeños fue completamente distinto, continuaban con la ayuda terapéutica que habían iniciado en la prisión y pudieron tener una vida saludable.

Estreor y su mujer fallecieron en la cárcel. Su hija menor, Mirt, salió de prisión y volvió a recuperar su trabajo como arquitecta, llevando una vida social normal. Con el tiempo, su marido fue liberado, y juntos, pudieron rehacer sus vidas, sin dejar en ningún momento de recibir asistencia, gracias a la cual, llegaron a un buen entendimiento de su patología mental. Ellos decidieron no tener más descendencia y adoptaron dos pequeños, que a su vez, habían sido maltratados. Les dieron toda la felicidad, cariño y apoyo que no pudieron prestar a sus hijos; adaptando sus horarios a la vida familiar y llevándoles al colegio; ellos mismos se preocupaban de recogerles para llevarles a su casa y cenar temprano.

Cisna y el resto de sus hermanos no podían aceptar su terapia como una necesidad, no hicieron amigos en la cárcel y solamente se comunicaban entre ellos. No obstante, el médico psiquiatra que les atendía, no perdía la esperanza y continuaba con sus sesiones diarias confiando en que algún día, ellos también se curasen. Al cabo de unos meses de la muerte de Estreor, que les afectó de forma impactante, fueron trasladados a un Centro, que pertenecía a las instituciones penitenciarias y tenía régimen abierto. En poco tiempo, Cisna regresó a su casa con su marido y allí pasaban los fines de semana; les costó un tiempo ver a sus hijos y consiguieron demostrarle a Zart que estaban curándose, pero Frut no les quería ver ya que su salud se malograba cada vez que intentaban ponerse en contacto con él: a pesar de la terapia, la severidad de las vejaciones recibidas, hicieron que el niño necesitase terapia, prescrita de por vida; con el paso de los años, pudo ver a sus hermanos con normalidad. No obstante, para el médico y su mujer fue una gran satisfacción saber que sus padres se estaban recuperando y les veían una vez al año para contarles cómo evolucionaba el pequeño.

Berd y su mujer intentaron ver a su hija Sen, y aunque Cebrián, al principio se negó en rotundo, con el tiempo y al conocer el comportamiento de sus hermanos, a través de los Asistentes Sociales, permitió que la visitasen, atendiendo a la voluntad de la pequeña; la niña al igual que Frut, estaba muy dañada en su psicología y tardó muchos años en poder ver a sus primeros padres con cierta normalidad. Ellos no quisieron adoptar y continuaron asistiendo a sesiones de terapia, incluso cuando hubieron recuperado sus trabajos; fueron conscientes de su necesidad de ayuda y gracias a ello pudieron tener una vida saludable.

Los derechos de los niños fueron respetados en la Ciudad Flotante; tenían la protección de sus nuevos padres además de la ley del menor, que les amparaba en su libertad de vivir con tranquilidad y salud con su familia.

Safe Creative #0810221185987





Marina Muñoz Cervera


Volver arriba Ir abajo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba

- Temas similares

 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.