El alma esclava

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El alma esclava

Mensaje  Marina Muñoz Cervera el Miér Nov 09, 2011 10:31 pm

Una bella tarde de verano, caminando despacio por el parque Reagent, Robert se demostraba a si mismo, una vez más, que no era un transeúnte cualquiera; en ocasiones le gustaba mezclarse entre la gente pasando desapercibido, pero sentía la vacuidad de la nada cuando se sumergía en pensamientos que no identificaba como propios. Le sucedía algo extraño y es que sus ideas quedaban a un lado y raras posesiones llegaban a su mente, impidiéndole ser él mismo. Por eso prefería caminar sólo, por lugares apartados, en los que sus sueños parecían convertirse en realidad.

Vivía en Londres. Era uno de los privilegiados que podía permitirse el centro de la ciudad y la calle Abbey; estaba muy cerca de su trabajo y podía ir paseando tranquilamente. Su horario era muy estricto y, en su faceta de escultor, no tenía toda la flexibilidad que el hubiese querido, pero era muy metódico y mucho más desde que comenzó a admitir alumnos para formarlos en su arte.
En ese tiempo, Ingrid y Norton, recibían clases de tan ilustre profesor y a las seis y media en punto de la mañana, llamaban al timbre. El procuraba estar en su estudio a las seis para que todo estuviese preparado, cuando ellos entrasen con su entusiasmo habitual.

No había impartido enseñanza hasta que esculpió una estatua que representaba su propia alma; era de un surrealismo muy puro sin una forma concreta y parecía un amasijo sin sentido; sin embargo, cuando comenzó a reunir los materiales para su construcción, sobre todo barro y aluminio, se dedicó a esculpir y representar lo que no encontraba en si mismo. No se sorprendió cuando la hubo terminado, no sabía con seguridad cómo era realmente lo que debía llenarle e iluminar sus creaciones. Un buen día, mientras estaba pintando un bello paisaje en el que las montañas y los árboles eran la ladera de un precipicio, escuchó una voz que le decía con mucha firmeza, pero con un tono suave:

- Robert tienes que dar clases para poder transmitir a otros todo lo que has aprendido durante tu vida.

Completamente atónito, se puso a buscar un micrófono en su estudio; hacía poco que le habían reparado las tuberías y no sabía qué podía ocurrir en los tiempos actuales; era famoso y muy cotizado, aunque eso solamente le sacaba de la sensación de mediocridad, que le había acompañado, hasta que comenzó a esculpir con sus propias manos. Dejó a un lado la idea y quitó la sábana que cubría su estatua a la que, cariñosamente, llamaba, my soul (alma mía), y con la que a veces se había desahogado, contándole sus peripecias, pero nunca le había respondido y no esperaba que lo hiciese. Robert, sin más dilación, le preguntó directamente:

- ¿Para qué voy a enseñar, si gano lo suficiente?

Y casi se desmaya cuando la voz le dijo, con claridad:

- No se trata de dinero, es tu creatividad la que puede ayudar a otros en sus profesiones; sin ir más lejos, hay una pintora que no sabe cómo orientar su carrera, vive muy cerca de aquí y tu eres uno de sus creadores favoritos.

Cada vez más asombrado y pensando ya, que estaba al borde de la locura, llamó a su agente para comunicarle su decisión de impartir clases, pero a no más de dos alumnos. Clark le dijo que sabía de una pintora que vivía cerca de su casa, que le gustaría aprender de él y también de un escultor que estaba aprendiendo como oficial de un pintor y se sentía mal porque no esculpía lo suficiente.

Robert decidió salir de su escepticismo y le dijo que les recibiría a ambos, a partir de la siguiente semana.

Ese día era festivo y había decidido caminar sin más rumbo que su propia brújula interior, adentrándose en el precioso parque a una hora en la que la gente ya estaba en sus casas y quedaba muy poco tiempo para que lo cerrasen, pero su naturaleza le atraía poderosamente. El día estaba claro y era una maravilla ver las hermosas flores del estío.

Al día siguiente empezaba una nueva semana y de pronto, una voz le susurró dentro de su cuerpo:

-Robert, pienso que eres esclavo de tu estatua.

Esa misma noche, cuando llegó a su estudio, la destruyó, tenía el convencimiento de que su alma estaba en el interior de si mismo y no quería que estuviese presa en el barro y el metal; formaba parte de él como la voz que había escuchado, mientras paseaba a la luz de un espléndido sol, cuando un rayo iluminó su pensamiento.


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Una bella tarde de verano, caminando despacio por el parque Reagent, Robert se demostraba a si mismo, una vez más, que no era un transeúnte cualquiera; en ocasiones le gustaba mezclarse entre la gente pasando desapercibido, pero sentía la vacuidad de la nada cuando se sumergía en pensamientos que no identificaba como propios. Le sucedía algo extraño y es que sus ideas quedaban a un lado y raras posesiones llegaban a su mente, impidiéndole ser él mismo. Por eso prefería caminar sólo, por lugares apartados, en los que sus sueños parecían convertirse en realidad.

Vivía en Londres. Era uno de los privilegiados que podía permitirse el centro de la ciudad y la calle Abbey; estaba muy cerca de su trabajo y podía ir paseando tranquilamente. Su horario era muy estricto y, en su faceta de escultor, no tenía toda la flexibilidad que el hubiese querido, pero era muy metódico y mucho más desde que comenzó a admitir alumnos para formarlos en su arte.
En ese tiempo, Ingrid y Norton, recibían clases de tan ilustre profesor y a las seis y media en punto de la mañana, llamaban al timbre. El procuraba estar en su estudio a las seis para que todo estuviese preparado, cuando ellos entrasen con su entusiasmo habitual.

No había impartido enseñanza hasta que esculpió una estatua que representaba su propia alma; era de un surrealismo muy puro sin una forma concreta y parecía un amasijo sin sentido; sin embargo, cuando comenzó a reunir los materiales para su construcción, sobre todo barro y aluminio, se dedicó a representar lo que no encontraba en su interior. No se sorprendió cuando la hubo terminado, no sabía con seguridad cómo era realmente lo que debía llenarle e iluminar sus creaciones. Un buen día, mientras estaba pintando un bello paisaje en el que las montañas y los árboles eran la ladera de un precipicio, escuchó una voz que le decía con mucha firmeza, pero con un tono suave:

- Robert tienes que dar clases para poder transmitir a otros todo lo que has aprendido durante tu vida.

Completamente atónito, se puso a buscar un micrófono en su estudio; hacía poco que le habían reparado las tuberías y podían haberle engañado; era famoso y muy cotizado, aunque eso solamente le sacaba de la sensación de mediocridad, que le había acompañado, hasta que comenzó a esculpir con sus propias manos. Dejó a un lado la idea y quitó la sábana que cubría su estatua a la que, cariñosamente llamaba, my soul (alma mía), y con la que a veces se había desahogado, contándole sus peripecias, pero nunca le había respondido y no esperaba que lo hiciese. Robert, sin más dilación, le preguntó directamente:

- ¿Para qué voy a enseñar, si gano lo suficiente?

Y casi se desmaya cuando la voz le dijo, con claridad:

- No se trata de dinero, es tu creatividad la que puede ayudar a otros en sus profesiones; sin ir más lejos, hay una pintora que no sabe cómo orientar su carrera, vive muy cerca de aquí y tu eres uno de sus creadores favoritos.

Cada vez más asombrado y pensando ya, que estaba al borde de la locura, llamó a su agente para comunicarle su decisión de compartir su arte, pero a no más de dos alumnos. Clark le dijo que sabía de una pintora que vivía cerca de su casa y le gustaría aprender de él, también de un escultor, que estaba aprendiendo como oficial y se sentía mal porque no se desarrollaba lo suficiente en su creatividad.

Robert decidió salir de su escepticismo y le dijo que les recibiría a ambos, a partir de la siguiente semana.

Ese día era festivo y había decidido caminar sin más rumbo que su propia brújula interior, adentrándose en el precioso parque a una hora en la que la gente ya estaba en sus casas y quedaba muy poco tiempo para que lo cerrasen, pero su naturaleza le atraía poderosamente. El día estaba claro y era una maravilla ver las hermosas flores del estío.

Al día siguiente empezaba una nueva semana y de pronto, una voz le susurró dentro de su cuerpo:

-Robert, pienso que eres esclavo de tu estatua.

Esa misma noche, cuando llegó a su estudio, la destruyó, tenía el convencimiento de que su alma estaba en el interior de si mismo y no quería que estuviese presa en el barro y el metal; formaba parte de él como la voz que había escuchado, mientras paseaba a la luz de un espléndido sol, cuando un rayo iluminó su pensamiento.



Marina Muñoz Cervera


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