De árbol en árbol

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

De árbol en árbol

Mensaje  Marina Muñoz Cervera el Jue Nov 10, 2011 11:07 pm

Residían en Mozambique y su vida no era de ensueño, pero tenían una privilegiada situación que les permitía vivir y viajar con toda holgura, en un lugar en el que el hambre y la miseria se respiraban por las calles.

Habían llegado al país, poco después de haber nacido su hija, con un pequeño, Carlos, de tres años que disfrutaba de su inocencia. Procedían de Portugal y en la ciudad de Caldas da Rainha habían dejado a sus familiares.

Pebane les pareció un buen sitio para vivir; en la zona de Macuacuane, los árboles cubrían los montes y su costa estaba bañada por el océano Índico con playas que mostraban todo el esplendor de una belleza natural.

Se casaron en Caldas y aunque su intención era vivir en Coimbra, un golpe de suerte en su destino, les llevó a tan alejado lugar de África. Rosalía era arquitecta de profesión y no tenia ningún problema con su trabajo, es más, le iba muy bien en la próspera ciudad; pero un día, le avisaron de la posibilidad de iniciar un proyecto de construcción de casas en Pebane. Estaba muy bien remunerado ya que les suponía gratuidad en la vivienda y en los viajes que considerasen necesarios. Su marido, Camilo, era abogado en ejercicio y a pesar de que estaba contento, no le importó sacrificar su despacho para experimentar en un nuevo mundo, en el que las injusticias clamaban al cielo.

Ambos trabajaban felices en sus profesiones, en esa bella ciudad en la que habían encontrado riqueza en medio de una intensa pobreza. Carlos entró en un colegio a los cinco años y su hermana permaneció en casa hasta bien pasados los seis. Era una niña tímida, que le gustaba jugar sola, y no había hecho muchas amigas entre los conocidos de sus padres. Una profesora particular iba a su casa, dos veces a la semana, para enseñarle a leer y escribir y alguna operación aritmética; a estas clases también asistía su hermano porque le servían de repaso y así fue convirtiéndose en un esplendido estudiante. Hasta ese momento se podría decir que eran una familia dichosa, tenían todo lo necesario y lo que no encontraban en el lugar lo compraban en alguno de sus múltiples viajes a Portugal.
El problema comenzó cuando Claudia ingresó en el colegio, continuaba con su profesora, pero la niña no avanzaba en los estudios lo suficiente; no era tan brillante como su hermano y por supuesto no se parecía a sus padres, que habían sido estudiantes destacados desde la infancia.
A pesar de ello, se mantuvo en una mediocridad, que la salvaba de críticas excesivamente severas; no obstante, la frase "la niña tiene más inteligencia de la que demuestra" era objeto de charlas constantes en su ambiente familiar.
Ella había crecido allí y era un bebé de meses cuando sus padres llegaron, luego, no lo podían atribuir a un problema de adaptación y mucho menos de inferioridad respecto de sus compañeros, porque había heredado de su madre una increíble belleza que fue en aumento y que supuso una crisis familiar cuando cumplió los 10 años.

La gran afición de Claudia era acercarse a los bosques en cuanto podía y abrazarse a sus troncos, en ellos encontraba la serenidad de su espíritu y en la contemplación de la naturaleza su máximo éxtasis. Y lo que, en un principio, parecía algo bucólico y bonito para una niña de su edad, teniendo en cuenta que no se alejaba mucho de su casa y que fácilmente se la encontraba; cuando empezó su madurez, el pánico de sus padres por los peligros que podían rodearla, fue en aumento. No había ocurrido nada que les hiciese inquietarse; sin embargo, las historias de violaciones que circulaban por la ciudad, hicieron que tomasen una decisión respecto de su hija, que por su cabello rubio y el precioso verde de sus ojos, podría resultar un objetivo muy goloso para cualquier pervertido y ellos suponían que para más de uno.

La niña, con su inocencia, no alcanzaba a comprender la situación de emergencia vital que se había creado a su alrededor. Pero hasta su hermano, que entonces ya tenía trece años, consideraba que era peligroso que anduviese sola.
Para paliar el problema le dijeron que tendría que salir acompañada y mucho más a los bosques. Desde ese momento, cuando regresaba del colegio, se quedaba en casa y solamente los fines de semana, con su ama, se podía acercar a los árboles más próximos.

Claudia empezó a notar que su vida había perdido el sentido, su máxima diversión no podía ser sustituida por una visita semanal. No le daba tiempo a saludar a todos sus árboles favoritos; se quedó con todas sus íntimas charlas frustradas. Soñaba por las noches que iba a visitarles y les contaba todo lo que le estaba pasando, y en su interior le respondían que tuviese paciencia porque algún día todo cambiaría.

Así transcurrieron tres años de su vida, y la profunda soledad que sentía, no se vio disminuida por una edad, en la que la asistencia a reuniones sociales hubiese sido la alegría de cualquier niña. Sus mejores amigos seguían sin estar cerca de ella.
No observaron cambios en sus estudios, pero su melancolía la delataba y se mostraba como una mujercita callada y poco interesada, en general por el entorno en el que la habían obligado a existir desde los diez años.
Sufría intensas crisis de llantos y desde su ventana miraba a los árboles lejanos intentando hablar con ellos, pero un día ya no le contestaron. Ella no entendía el porqué sus amigos habían dejado de llegar a su corazón. Pero pudo saberlo en poco tiempo.

Aunque sus padres ya no hablaban con ella del tema, una mañana de un luminoso fin de semana, fueron a su habitación. Le preguntaron sobre sus inquietudes respecto de sus estudios y también sobre sus emociones; tenía una edad en la que era normal que ya hubiese surgido algún amorío. Claudia no respondió a ninguna de sus preguntas, se quedó completamente callada, mirándoles e intentando que viesen en sus ojos, que su alma estaba sangrando por un dolor tan intenso. Rosalía no era una gran amante de la naturaleza y no llegó a intuir qué le pasaba a su hija y, su padre, obsesionado por los peligros, solamente vio a una niña que no hablaba. No pasó más de una semana, cuando al observar que su comportamiento era el mismo con todas las personas que vivían en la casa y en el colegio, la llevaron a un psicólogo especialista en desórdenes mentales de la adolescencia. Estuvo reconociendo e interrogando a Claudia durante más de dos horas y cuando terminó, con una seriedad alarmante, se dirigió a sus padres:

- ¿Ustedes no habían observado que su hija tenía retraso en los estudios?
Rosalía contestó demudada:

-Pensábamos que su inteligencia era superior a lo que demostraba en sus notas pero nunca suspendió y los profesores no nos llamaron la atención al respecto.

El especialista continuó, sin perder el aire de gravedad:

-La niña puede tener autismo, es una enfermedad que empieza a desarrollarse desde el crecimiento en condiciones normales, o bien como consecuencia de un shock. ¿Recuerdan si en su infancia hubiese sufrido alguna situación que la alarmase y desde entonces su conducta fuera diferente?

Camilo respondió, en esta ocasión:

- Todo lo contrario, hemos intentado protegerla de los peligros que se cernían a su alrededor precisamente para evitarle un daño de ese tipo.

Pues bien, prosiguió, el médico:

- Les recomiendo el internamiento de la chica en un centro especializado para autistas, en el que estará con niños con su problema y recibirá la terapia adecuada.

Los padres que no podían salir de su asombro, sintieron como una nube de tristeza cubría sus vidas y aunque el sol era esplendoroso, el día para ellos se tornó gris y pesado.

Después de hablar largo y tendido, decidieron que no podían someterse a la vergüenza de tener una hija con una enfermedad mental; como dinero precisamente no les faltaba, decidieron comprar una pequeña casa de campo, algo alejada de la zona donde vivían, y contrataron a una mujer de absoluta confianza para que se ocupase de cuidar a la niña.

Y así fue, como una noche, los árboles empezaron a gemir y Claudia pudo ver que el cielo azulado se estaba volviendo rojo, al mismo tiempo que le estaban haciendo sus maletas. Al día siguiente fue encerrada en una casa, sin más terapia que la ayuda que le podía prestar la bondad como ser humano de Aasiya, que le preparaba su alimento y con la que podía salir un poco de su mutismo. Sin embargo, su encierro en si misma era tal, que nunca le contó lo que pensaba. Ella seguía hablándoles, en la distancia, a los árboles que no veía y cuya voz seguía sin escuchar. Pero un atardecer, oyó que sus ramas se movían y por la pequeña ventana, que tenía en su cuarto, pudo ver una luminosa luz que cruzaba el cielo.

A los dos días, sus padres fueron a la casa para decirle que tenían que viajar a Coimbra, habían recibido una citación en la que se expresaba que había fallecido el padre de Camilo y convertía a Claudia en heredera universal. Rosalía le dijo a Aasiya que iban a iniciar los trámites de discapacitación de su hija, que ya contaba con dieciocho años de edad, y se la iban a llevar, al menos por unos meses, mientras durase todo el trámite.

Viajaron todos a Portugal y expresaron al abogado sus intenciones; éste les indicó que quitarle la herencia suponía la celebración de un juicio, en el que se pediría que demostrasen la enfermedad de la heredera. Ernesto sólo pudo conseguir un certificado del psicólogo en el se expresaba la presencia de autismo sin tratar adecuadamente, y ningún especialista de Coimbra se quiso hacer cargo del caso, aludiendo a que en ningún momento había recibido la terapia necesaria para la recuperación de su enfermedad.

Claudia se encontró ante un juez y con toda su familia como enemigos y cuando el letrado le preguntó directamente a ella qué opinaba sobre la herencia recibida; ante la incredulidad de todos, la chica comenzó a hablar y explicó lo que le había ocurrido desde que la separaron de la naturaleza y la obligaban a salir custodiada, así como los años de encierro en la casa con Aasiya. El letrado solicitó un examen psiquiátrico de la muchacha y el resultado fue que no padecía ningún tipo de enfermedad relacionada con el autismo, que su incomunicación se debía a una falta de comprensión de sus sentimientos. Este resultado cambió la vida de Claudia, y después de la celebración del juicio, se encontró con dieciocho años y con dinero suficiente para dar varias vueltas al mundo.

Sus padres y hermano destrozados ante su propia incomprensión y viéndose descubiertos en su propia incapacidad, decidieron regresar a Caldas e reiniciar sus vidas allí. Claudia que ya había roto su incomunicación les dijo que iba a volver con sus amigos a Pebane y así lo hizo; pero en esta ocasión, viajó sola, y nada más llegar al aeropuerto, su interior gritaba la alegría que le producía sentirse libre para poder ver sus ramas y charlar con ellos todo el tiempo que ella quisiese. Esa misma noche, y sin temer peligros, se acercó al monte y les contó a los árboles todo lo que le había pasado en ese tiempo. Se sintió escuchada y comprendida por primera vez en ocho años, en aquel bello paraje en el que el cielo lleno de estrellas le servía de techo y las frondosas ramas eran su consuelo.
Tras su meditación decidió construirse una casa allí mismo y al día siguiente contrató al arquitecto, un buen amigo de su madre que la atendió con sumo gusto y en pocos meses concluyó su proyecto.

En el lugar donde, para ella, el cielo y la tierra se juntaban, pudo encontrar serenidad y paz. Todos los días abrazaba a los troncos y les contaba cómo transcurría su día, y con una sensación inmensa de goce interior, empezó a vivir otra vez, con la serenidad de saber que nunca volvería a dejar ese monte. Y cuando anochecía, le esperaba la preciosa fiesta de la naturaleza en la que ella se sumergía hasta llenarse del alma de la Tierra.

Safe Creative #0809040953907


Marina Muñoz Cervera


Volver arriba Ir abajo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba

- Temas similares

 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.