Y...no tenía nombre

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Y...no tenía nombre

Mensaje  Marina Muñoz Cervera el Vie Nov 11, 2011 6:45 pm

Pasados los años sesenta, en la ciudad de Málaga, había un extraño individuo, al que sus vecinos temían. Aparentaba, más o menos, treinta años y vestía de una forma pulcra, pero con ropa muy usada y antigua. Siempre iba solo, no tenía amigos y la gente con la que hablaba, salía espantada al comprobar, cuando cruzaban tres palabras con él, que todo se descalabraba en sus vidas.

Era un momento en el que el turismo empezaba a frecuentar las playas de la bella ciudad y comenzaba a notarse cierto desarrollo, por ello, en general, quien se cruzaba en su camino, procuraba alejarse de él.
No se le conocía trabajo alguno y tenía, según se suponía, rentas familiares. Vivía en un barrio pobre de la ciudad y su actitud era muy altanera, caminaba con la cabeza muy levantada, alzando el mentón, con aire arrogante y pasos firmes.

Un buen día, cerca de su casa, abrió una librería con el rótulo: “Se venden libros a buen precio”. Cual no fue la sorpresa de sus vecinos, cuando le vieron en la puerta con un traje de chaqueta negro y aspecto de propietario. Después de la primera semana, colgó un letrero en la puerta que decía: “Se buscan dos empleados con cultura y conocimientos sobre la segunda guerra mundial”.

Provocó un gran asombro ya que nadie entendía el porqué necesitaba a dos personas que supieran sobre tan desgraciado hecho histórico. Pero, al poco tiempo, un chico con veinte años, cuya afición era la lectura y dentro de ella, la época, de la que hablaba el anuncio, entró con decisión en la librería y encontró al siniestro dueño releyendo algunos manuscritos antiguos. Con mucha educación, le preguntó si seguía vacante el puesto que anunciaba. El hombre, mirándole de arriba abajo con cierto desprecio, le respondió que si y dejó escapar una frase que retumbó en los oídos del muchacho, que se llamaba Sergio: “en este pueblo, los libros se utilizan para empapelar las casas”. El chico, que no sabía donde mirar, le respondió que el era un gran aficionado a la lectura y devoraba todo aquello que caía en sus manos. El dueño, iracundo, le respondió que no era necesario leer morralla, que había que acercarse a lo estrictamente histórico para conocer el mundo. Y tras una hora de insípida charla, Sergio fue contratado para limpiar el polvo de las estanterías, con el derecho a leer el libro que le solicitase, por escrito, a su jefe, siempre y cuando éste le autorizase para ello.

Comenzó en ese extraño trabajo, en el que no recibía más de ciento cincuenta pesetas al mes, pero como tenía mucho tiempo, entre estante y estante, se dedicaba a observar al sujeto en cuestión. Un día se atrevió a preguntarle, con mucha discreción, cuál era su nombre; al escuchar esto el librero se levantó, con mucha parsimonia, de la silla en la que estaba sentado leyendo y le contestó de una forma abrupta:
- Y usted que le importa. Yo le pago para que limpie, no para que diga tonterías.

Y en ese fantasmagórico lugar, en el que las puertas chirriaban y algunos estantes se caían porque las ratas estaban dando buena cuenta de ellos, el chico descubrió qué le pasaba a su inquietante amo. Un buen día, llegó muy temprano, antes de lo esperado y le encontró comiendo, de una forma voraz, un trozo de hígado crudo. El chico que no se lo podía creer, volvió a salir haciéndose el despistado; y después de tomar una manzanilla y calmarse un poco, volvió a entrar. Como se esperaba, el hombre estaba sentado en su silla, cómo no, leyendo muy concentrado, y Sergio decidió preguntarle a bocajarro:

- Esta mañana, he venido temprano, y me ha parecido verle a usted comiendo hígado crudo, siento no haberle dicho nada pero no quería molestarle ¿está enfermo de algo?

El dueño muy enfadado se levantó, dio varias vueltas alrededor de su silla y volvió a sentarse, haciendo caso omiso al pobre muchacho, que se había quedado sin habla, ante la abundancia de silencio. La vida de Sergio se estaba torciendo; le habían echado del apartamento en el que estaba porque no estaba casado, y el lugar donde comía lo habían cerrado. Sus conocidos le habían prevenido sobre lo que ocurría, porque cualquiera que se acercase al siniestro hombre, era pasto de desgracias y aunque nadie sabía porqué, le dijeron que que dejase ese empleo si quería llevar una vida normal.

Todo ello no convencía a Sergio, que más allá de una mera curiosidad, había convertido en un desafío, averiguar el porqué ocurría eso, algo raro debía haber en la historia de su jefe.
Según sus conocimientos, los demonios no existían más que en la ficción; por un momento, llegó a pensar, que era un asesino de la segunda guerra mundial, y bien podía haber estado en Alemania en aquél tiempo. Tras mil elucubraciones, solamente llegó a una reflexión, tenía que averiguar algo de su pasado y también porqué comía hígado crudo por las mañanas.

Decidió seguir sus pasos cuando saliese de la librería. Después de pasar todo el día limpiando un polvo inexistente y de ordenar unos cuantos libros, tan antiguos que sus hojas se deshacían, pero eran consideraros como tesoros; se despidió hasta la mañana siguiente y fue a la esquina de enfrente para poder observar con detenimiento.

A las nueve de la noche, salió el dueño, cerrando la puerta y la reja con un gran estruendo. Y se dispuso, una vez que hubo estirado su esmirriada chaqueta, ya medio blanquecina por el ambiente del local, a seguir la acera, calle abajo. Sergio le seguía a una gran distancia, pero pudo ver cómo entraba en un edificio de cinco plantas con una llave. Cuando llegó a la puerta, vio que solamente había tres etiquetas de viviendas en las que figurase un nombre. Ni corto ni perezoso, llamó a la segunda planta y le respondió la voz amable de una anciana. El chico le dijo que había olvidado decirle algo a su jefe, el dueño de la librería, y si podían indicarle en qué piso vivía. La anciana tras una pausa, le abrió la puerta y le conminó a que subiese a su casa.

Sergio, más que extrañado, así lo hizo; le abrieron la puerta una pareja de ancianos, que le invitaron a pasar a su casa y a tomar un café; a él no le gustaba y mucho menos a esa hora, pero pensó que se estaba acercando a la verdad. Se presentó y una vez sentado, les preguntó con la mirada ¿qué ocurre? la anciana, muy resuelta, le dijo que estaba segura que preguntaba por un hombre muy extraño que vestía de color oscuro e iba siempre solo.
El chico asintió, con celeridad, porque presentía que de esa casa saldría con la verdad en sus manos. La anciana prosiguió, con más calma, y le dijo que ese hombre no era bueno, llevaba mucho tiempo viviendo allí y le habían observado. Todas las noches salía más tarde de las doce y no volvía hasta el amanecer y ellos sospechaban que asesinaba perros porque cuando seguían el sonido de sus pasos, escuchaban casi todos los días, un terrible aullido y más de una vez, le vieron con sangre en las manos. Estuvieron a punto de decírselo a la policía, pero temían que tomara represalias contra ellos, por ello, decidieron observarle nada más. Regresaba con un trapo negro en el que llevaba algún bulto y en una ocasión habían visto gotas de sangre en la entrada.

Sergio ya se estaba empezando a explicar la procedencia del hígado y no sin cierto asco interior, les pidió que le contasen algo más sobre él. Pero los ancianitos no sabían nada de su historia, solamente que llegó un buen día, procedente de un pueblo cercano, cuyo nombre desconocían, y que todos le llamaban, Señor, sin más, sin nombre y apellido, nada que le identificase. El misterio se había solucionado, en parte, pero le quedaba mucho por averiguar; el muchacho se despidió de los ancianos con agradecimiento y salió del edificio, pasadas las doce de la noche. Una inmensa luna llena iluminaba la calzada y cuando había recorrido algunos metros, escuchó una puerta metálica y unos pasos por la calle; con cautela, se escondió en un portal, y vio a su jefe. Le siguió hasta un descampado, en el que solamente había matorrales secos y basura, y allí con los ojos bien abiertos, pudo ver como rebanaba el cuello de un pobre perro que había aparecido despistado, le sacaba todas las vísceras y las metía en una bolsa negra, tal y como se lo habían descrito los ancianos, y para más horror, en esa noche, vio cómo se metía en la boca un trozo de algo que no llegaba a diferenciar.

Ya andaba pensando que era un vampiro, se conocía la leyenda, pero no sabía que fuesen aficionados a los cánidos y tampoco se contaban historias por allí. Pensó que era el momento de perder el miedo porque le había pillado in fraganti, y sin temer al cuchillo que el siniestro lleva en uno de sus bolsillos, se dirigió decididamente hacia él y agarrándole por las solapas, le tiró al suelo, inmovilizándole después – por algo sabía algo de artes marciales, pensó para si mismo- Y de esa forma le preguntó quien era, de donde procedía y porqué había matado al pobre perro.

El hombre que se vio atrapado, le dijo que había nacido en un pedanía próxima a la ciudad, que su padre abandonó a su madre cuando el tenía cinco años y ésta, tras educarle, un día le dijo que se fuera de su casa porque ya era mayor, pero que nunca olvidase que su padre había sido un maleante y que el debería dedicar su vida al sacrifico para sanar de la maldad que llevaba en su sangre; y dándole dos trajes, le echó a la calle, a los veintitrés años, con semejante maldición.

El muchacho no sabía si creerse la historieta porque aunque parecía verosímil y daría sentido a lo que ocurría con él en la ciudad, había llegado al convencimiento de que pasaba algo más. Le preguntó sobre su interés por la segunda guerra mundial y su jefe le dijo que si le acompañaba a su casa, se lo podría explicar mejor. Sergio le quitó el cuchillo y llevándole agarrado de un brazo, le condujo hasta allí; abrió la puerta de la entrada principal y tras unas pesadas escaleras llegaron al quinto piso. La casa del siniestro olía a vísceras y a papel quemado, Sergio se echó para atrás en cuanto le llegó semejante aroma. Pero una vez dentro, atónito, observó que tenía fotografías de los principales asesinos del Tercer Reich: Heinrich Himmler, Joseph Goebbels y Hermann Goering y cómo no, al supremo Adolf Hitler, expuestos en una estantería. Delante de las fotos había vísceras de los perros, algunas todavía sanguinolentas, debían ser de la noche anterior, pero otras oscuras y medio podridas.

Ya no sabía qué preguntar, se vio ante alguien que debía haber perdido la razón, pero que con mucha parsimonia, le explicó: ellos son nuestros padres, limpiaron la raza humana de impurezas y yo les rindo culto con mi propio alimento.
¿Y porqué perros? Preguntó el muchacho

- Porque son fáciles de atrapar y hay muchos sueltos pero también suelo coger gatos.

El olor hediondo de la habitación más la locura en la se encontraba, le dieron ganas de vomitar, pero conteniéndose le dijo muy serio:
- Como usted comprenderá yo no puedo trabajar más en su librería, me resulta imposible después de todo lo que he visto y lamento que su vida sea así de triste y perversa, pero la mía es diferente y no estoy de acuerdo con sus asesinatos nocturnos y mucho menos con esa interpretación de los hechos acaecidos en la historia del mundo.

Dicho esto, salió por la puerta, con la completa comprensión de lo que ocurría, pero antes de cerrarla, se volvió y le preguntó ¿Me puede decir su nombre? El hombre le respondió:

- Me llamo Nadie

Cuando ya estaba la calle, Sergio vomitó, y salió corriendo hacia su casa, que olía al jabón de su última ducha, y aunque no tenía hambre, recordaba que tenía fruta fresca y eso le tranquilizó.

Después de pasar una noche inquieta, la mañana le pareció hermosa y se fue a la calle a continuar buscando trabajo, mientras pensaba en el extraño ser que le había tocado en suerte conocer y algo quedó en su pensamiento, como un hilo que quería convertirse en tejido…”Y… no tenía nombre”.

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Marina Muñoz Cervera


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